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Galeria la Aurora

La Verdad. Lunes 15 de noviembre de 2010.

 

Mozambique, 'mon amour'

Manolo Belzunce, Ángel Haro y Miguel Fructuoso inauguran el jueves en

La Aurora la colectiva 'Índico'

 Fructífera unión. Los pintores Ángel Haro, Manolo Belzunce y Miguel Fructuoso, en el interior de una camioneta utilizada para transportar cuadros. :: ENRIQUE MARTÍNEZ BUESO

 

CONVIENE SABER

La exposición. 'Índico'. Obras: pinturas (técnicas mixtas).

Pintores. Manolo Belzunce, Ángel Haro y Miguel Fructuoso.

Colaboración. Carlos Belmonte, autor de un vídeo sobre el trabajo realizado por los tres artistas murcianos en Mozambique.

Galería. La Aurora (Plaza de la Aurora, 7. Murcia). Director de la galería: José Fermín Serrano.

Inauguración. Jueves 18 de noviembre, a las 20.30 horas.

Hasta cuándo. La exposición se podrá visitar hasta el 10 de enero. 

 

ANTONIO ARCO | MURCIA. 'Índico' es una nada aparatosa exposición-océano-festín de arte, un viaje-aventura enormemente plástico y sensorial, un canto sin engolamiento a los alimentos terrenales -con permiso de André Gide-, una celebración gozosa de la vida -con sus miserias en cascada- y la pintura -con sus límites y vértigos-, a veces pasadas una y otra por el agua cegadora de las incansables lluvias, los vientos desatados sin control y los incómodos caprichos del -jodido- destino. 'Índico' es una exploración artística muy particular de Mozambique que merece la pena degustarse y cuyas obras -distintas, potentes, seductoras, muy trabajadas- invitan al espectador a perderse: en otro mundo, con los menos prejuicios posibles y arropado por toda la carga de materia, y de poesía, que contienen las piezas expuestas.

 

'Índico' es el resultado de una historia en la que se funden amistad, aprendizaje mutuo y un alto nivel de exigencia artística por parte de los tres pintores murcianos -diferentes edades y un gusto muy similar por el rechazo de la domesticación y el arte remilgado, pedante y decorativo- que la protagonizan: Manolo Belzunce (Lorca, 1944), Ángel Haro (Valencia, 1958) -afincado en Murcia hace una eternidad y cada vez más nómada de mente y espíritu- y Miguel Fructuoso (Murcia, 1971). 'Índico', donde conviven la luz con la oscuridad, el humor con los jugos gástricos, y el mar inmenso con las pistolas de policías corruptos de Sudáfrica, se inaugura el jueves, a las 20.30 horas, en la galería murciana La Aurora, que dirige José Fermín Serrano.

 

Los tres artistas, que ayer se encontraban en Águilas disfrutando de su fructífera amistad -abierta a los conflictos y a la sinceridad-, la buena comida, el mar y el vino, han consensuado esta sencilla explicación de lo que es 'Índico': una selección de obras realizadas (más o menos) durante la primavera de 2010 en el pueblo mozambiqueño de Tofo, en las costas del Índico sur; unas obras que son «las huellas de unos días oceánicos poblados de luz y tormenta, de sal, de tierra roja que alfombra las infinitas pistas donde transita la vida, de belleza violenta y cantos en la noche cerrada»; y, que quede muy claro, las piezas expuestas «tratan sobre todo de pintura, de la imposibilidad de abarcar con ella toda la vida que fluye y también de la necesidad de estar presente». Al viaje se sumó el cineasta Carlos Belmonte, que ha filmado/recreado el viaje -también interior- devorado por Belzunce, Haro y Fructuoso. No ha sido el primer viaje realizado por ellos a Mozambique para pintar/perderse y reencontrarse con la mirada más amplia, lúcida y generosa (más o menos), pero sí el más accidentado de todos: porque, entre otras cosas, durante unos primeros días que pasaron en Sudáfrica la policía, en dos ocasiones, les robó dinero abiertamente y sin pudor alguno -Fructuoso ha recogido este hecho con humor ácido y ritmo muy urbano en algunas piezas-.

 

Pasó el malestar por los robos, llegó la hora de la verdad para empezar a pintar todo lo más posible pegados ya a la tierra de Tofo, y el cielo empezó a descargar lluvias que se sostenían vivas en el aire durante días y días, adornadas con vientos poco predispuestos a extinguirse.

 

Lluvia, viento y, por si faltaba algo, otro robo más: el de los materiales para pintar que, en este viaje, se habían llevado de España los artistas, para unirlos en el lugar de destino con esa tierra roja que les tiene prendados. «Una vez tuvimos todos que salir corriendo detrás de los cuadros que se llevaba el aire; y, en otra ocasión, la lluvia nos barrió por completo las piezas ya prácticamente acabadas que se estaban secando», cuenta Belzunce, que deja claro que, pese a las dificultades vividas y a que bastantes obras tuvieron que ser finalizadas tras regresar a España, «el resultado de nuestro trabajo que verá el público es muy potente. Estoy contento, porque realmente no se notan en absoluto en las obras que exponemos las dificultades que en este viaje hemos tenido. Son piezas muy potentes, esa es la verdad».

 

Gozaron, pese a todo, de la suerte que «es encontrarte muy en unión con la naturaleza», del trato cotidiano con las gentes del lugar, del pescado de sabor impagable recién pescado, y del reto que supuso para cada uno tener que adaptarse a las imprevistas condiciones de trabajo/creación. Los 'bodegones' y paisajes de Belzunce son, como siempre, espléndidos y casi comestibles, y las obras de Haro son inquietantemente nocturnas, como atravesadas por la propia lluvia y la escasez de luz; misteriosas... Fructuoso, cuya pintura es mucho menos matérica que la de sus compañeros-maestros -más acrílicos y esmaltes, y menos tierra roja y otros materiales 'salvajes'- juega con sus imágenes al despiste y continúa con su gusto por los contrastes, la ambigüedad y los lenguajes vinculados a los medios de comunicación. «No sé qué pasa en el Congo que blanco que pillan lo hacen mondongo», se lee en una de sus piezas. Fructuoso es un manantial de inquietud abierta a todo: lo mismo explora con éxito el universo tenebroso de Van Gogh que rinde homenaje a Mortadelo.

 

'Índico' es el fruto de la pasión por África que, de forma conjunta, Haro y Belzunce comenzaron a alimentar hace años, y cuyos primeros resultados se pudieron ver también en La Aurora, en 2006, cuando presentaron 'Los días de la jámila'. Fue el comienzo de una historia que no deja de ofrecer capítulos que se esperan con expectación.

 

Atrapar las miradas 

En aquella ocasión, conocieron en el desierto de Mauritania el sabor dulce y salado, áspero y suave, caliente y frío, doloroso y feliz, inquietante y abrumador de las horas mangbetú. León Poirier describe muy bien cómo estas horas, que en casi nada se parecen a las de Occidente, no son para ser contadas sino para ser vividas. Son las horas de África, donde la vida y la muerte campean descarnadas por los caminos y los cuerpos polvorientos y anhelantes, durante las cuales lo mismo se asiste a la contemplación de la miseria más aterradora, que se celebra el hecho sagrado de estar vivos danzando, sin descanso danzando -cuando hay luna, incluso la noche entera- al ritmo de los latidos del corazón (herido o en paz).

 

Las horas mangbetú fueron generosas con ambos creadores, que apresados por los encantos que éstas les proporcionaban crearon una obra -abundante y profundamente plástica- cargada de belleza y de fuerza. Una obra/desierto pegada a la tierra, una obra brava y extraña, una obra que surgía como un grito hermoso y liberador a favor de la justicia y en contra del atropello de los más débiles (esas sombras). Unas obras trabajadas mediante el uso de tintas, acrílicos y arena, a los que se unía el efecto del agua y del sol y cuyo resultado era un pedazo del alma de África que, sin estridencias, ni cursilerías, ni sermones atrapaba la mirada del espectador. Obras que encierran emociones y experiencias que tienen que ver con lo mejor y lo peor del ser humano. Pasado un tiempo -marzo de 2007-, al viaje que realizaron por primer a vez a Mozambique se les unió Miguel Fructuoso. Haro dice: «No aguanto a los depredadores, a los ingeniosos y a los que van de exóticos». Sus compañeros de viaje, de amor por la libertad y de devoción por la pintura están de acuerdo. Y brindan -y cómo- por ello y por ellos. 

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