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"O pinto o reviento "

Mayu Macías, en la galería LaAurora, con obras de su exposición 'El espíritu de la olivera'./
Mayu Macías, en la galería LaAurora, con obras de su exposición 'El espíritu de la olivera'. 

La exposición 'El espíritu de la olivera' de la artista catalana Mayu Macías podrá visitarse en la galería La Aurora hasta el 30 de septiembre

PEDRO SOLER

Se pregunta quién es ella, porque afirma que su mente permanece en blanco cuando se somete a una entrevista. Pronto reacciona y asegura que intentará expresarse. Aun así, Mayu Macías (Barcelona, 1965) no puede negar que inició su formación como diseñadora gráfica, pero pasó a «otros terrenos creativos, y mi trabajo se hizo más abierto y libre, a la vez que más comprometido, compaginando pintura, cerámica, vidrio, instalaciones, fotografía...».

«Es un modo de enfrentarse a un mundo que resulta muy complejo y que necesita que lo simplifiquen. Y yo pinto para simplificar las cosas que veo. Hubo quien me dijo que los pintores no podían salir adelante, pero vi una extraordinaria exposición de Matisse sobre el grafismo, y pensé que era lo que yo quería hacer. Así que, tres años después, me dije: 'O pinto o reviento'. En mi primera exposición hubo bastantes ventas, y ahí fue cuando empecé a dedicarme a la pintura, en vez de hacer ilustraciones, porque lo mío, principalmente, es pintar».

En la galería La Aurora presenta 'El espíritu de la olivera', un conjunto de obras en las que, de modo incesante, quiere demostrar que «el espíritu de la olivera acompaña al hombre, desde que la olivera es olivera y desde que el hombre empezó a identificarla como compañera». Y, ¿cuándo fue eso? ¿En la Edad de Piedra, durante el Imperio Romano, en el Renacimiento? «Desde siempre, porque en esa olivera se refleja la esencia más natural del ser humano, como es la convivencia, y en esa convivencia está la vida y la muerte».

Esta serie le surgió a Mayu Macías en la comarca catalana del Ampurdán, «y son obras pintadas en su gran mayoría al aire libre, porque en plena Barcelona no me entero. Amo profundamente a la ciudad, pero la abandoné para irme al Ampurdán. Y convivir cinco meses con aquellas oliveras, ver sus troncos, sus ramas, sus raíces, que tanto nos faltan, fue para mí como una incitación a aprender de ellas».

¿Cuanto dice no pudo hallarlo también en otros árboles? «De modo tan fuerte, no, porque lo que sucede en la olivera no se encuentra en otros árboles. Hay oliveras rotundamente muertas, prácticamente convertidas en polvo o llenas de agujeros... pero en las que puede surgir un retallo, muestra de vida. He visto en ellas tantas cosas, que podría escribir diez libros sobre cada una. Los demás árboles no encierran ese misterio de la convivencia con el ser humano».

Frente a cuadros en los que aparecen oliveras centenarias, otros son cruces de colores, líneas, espacios... en los que para nada se insinúa la presencia del árbol protagonista. ¿Por qué tanta diversidad? «Todas las obras tienen que ver con el espíritu de la naturaleza. A mí, lo que me atrapa es intentar entender por qué no convivimos más con la naturaleza, y no entiendo por qué las personas nos hemos alejado tanto de ella. Parece como si hubiese una contradicción entre ser humano y ser natural. En este conjunto de obras hay como una paradoja de colores, como rojo y azul, por ejemplo, a la que recurro para intentar explicar todo esto, pero de un modo visual. He querido sincronizar el ciclo destructivo-constructivo de la naturaleza e intentar ver dónde encajamos nosotros, las personas».

Confusión

Aun así, ¿no son excesivos los contrates y las paradojas? «Es posible, pero quiero representar la propia confusión. Yo soy muy contradictoria; por esto, quizá, hay obras en las que está la ligereza del papel y en otros la parafina sobre una madera dura. Pero en todas las obras, de un modo u otro, está la levedad con que pasamos por la vida. Está la paradoja de que en unas obras hay colores y una cierta alegría, frente a la oscuridad de otras».

¿Entiende el espectador todo esto? ¿Le preocupa? «No me preocupa, porque repito que estoy llena de contradicciones, y me gusta seguir esta línea que me he trazado. Un galerista muy famoso de Barcelona me dijo hace mucho tiempo que, hiciese lo que hiciese, yo seguiría siendo la misma persona. Y es verdad. Sigo igual que siempre».

¿Cómo le surgen estas ideas, que refleja en sus obras? «Porque yo veo una imagen que me apasiona, y me digo: a por ella. Tarde lo que tarde. Cuando vi las primeras oliveras era de noche, con Barcelona al fondo. Me parecían las protectoras de la ciudad. Capté aquella panorámica extraordinaria, porque yo quería pintar lo que estaba viendo. Aun así, no me limito a pintar solo lo que veo, porque mis obras encierran una simbología. Es que yo soy poeta más que pintora, y siento cosas de las que me surgen bonitas palabras o imágenes que se convierten luego en algo muy laborioso. Soy poeta visual, de palabra, de vida. Soy espiritual, y para mí lo importante es enraizar, como la olivera. Me siento muy segura y feliz con lo que hago. Mi único dolor es el de la humanidad, la herida abierta que tenemos los seres humanos; pero la alegría de vivir es más fuerte que el dolor».



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