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La Verdad. Viernes, 2 de Abril de 2010.

Entre la sinceridad y la hipocresía

Una de las obras de Alberto Corazón, en La Aurora, y vista parcial de la exposición de Cristina Lucas en Verónicas. 

PEDRO SOLER | Galería La Aurora ha cambiado su cara. O mejor, ha experimentado tan notable crecimiento espacial, que parece haber adquirido su definitiva mayoría de edad. Buena señal y los mejores deseos de una permanencia inevitable. 

Para iniciar la que podríamos considerar esta nueva etapa, ofrece una exposición de Alberto Corazón, personaje de nuestro arte actual, que debate su trayectoria entre el diseño, la escultura y la pintura. Como diseñador, la figura y el arte de Corazón no precisan de explicación alguna, o acaso de muchas explicaciones, porque son casi incontables los logotipos salidos de su mente y de sus manos, con los que no encontramos a diario, dada su universalidad y variedad, pese a que desconozcamos su origen.

Pero lo que ahora interesa es el Alberto Corazón como pintor, pese a que una gran escultura suya parece la encargada de presidir esta exposición bautizada como 'Alrededor de mi mesa".

La obra pictórica de Alberto Corazón ha atravesado momentos muy distintos, incluso de silencio absoluto, al que el propio autor se obligó, en un intento de limpiarla de todas las influencias momentáneas a las que pudiera someterse. Esto le llevó a una diversidad de trato y a un abandono de cualquier matiz formalista, pero la adentró por una sana indiferencia, diríase que definitiva y positiva. Hay como un descontagio, incluso de las influencias profesionales a las que Corazón pudiera haberla sometido. Pero más que tendencias o modos de expresar un sentimiento artístico, más que la invención de un objeto o la concreción de la nada, parece como si la pintura fuese para Alberto Corazón un divertimento. No pocos de los cuadros que ahora presenta en La Aurora parecen bosquejos para algo posterior, se concreten o no; relajaciones en un momento preciso; descansos a lo largo de la jornada laboral…

A veces, la grandeza del arte pudiera estar en, sin querer decir nada, sin adentrarnos por el mito creativo, dar la impresión de que estamos ante algo lleno de amabilidad, que, sin embargo, no ha despreciado, en absoluto, un ritmo acertado de hacer las cosas. Las obras de Alberto Corazón son algo así. No precisan de más aditamentos, sino de los que satisfacen al espectador, pero también a su creador, que no ha sentido necesidad de ejercitarse más, ni de insistir en los motivos que cada cuadro contiene. No son más que intimistas bodegones en los que las carpetas, los tubos de colores, los pinceles… sirven como objetos primarios y atrayentes. Su propia naturalidad distribuye el color, que sólo se nos muestra de un modo más arrebatado en dos de los cuadros, que no parecen conformar este ritmo que el pintor ha seguido alrededor de su mesa. Si alguien se preguntara de qué va esto o aquello, la pregunta sería inoportuna, y la respuesta inexistente, porque las obras de Corazón no provocan dudas. Parecen realizadas con la ingenuidad conmovedora de un niño capaz, como un recuerdo limpio. Se miren desde donde se prefiera, siempre contienen un hálito de sincera bondad, porque no pretenden provocar ni complicar el pensamiento. Quieren mostrarse con la naturalidad propia que su autor le ha asignado.

Dominó caníbal

Nos dejamos arrebatar. Y son las circunstancias y los afanes de gloria los que, con frecuencia, someten y convierte el arte en tangible ridículo; los conceptos, en falsas teorías; las personas, en risibles coprotagonistas.

Lo de Cristina Lucas en Sala Verónicas, bueno, pues sí, de acuerdo… Al menos se contemplan, pero debidamente alineados, unos cuantos toneles, utilizados como barbacoas, para asar las costillas, que engulleron los representantes de los medios, que informaron del penoso espectáculo. Al menos, los artefactos quieren asemejarse a una cruz, que nada, por cierto, tiene que ver con la tan polémica de Pepe Yagües. También se observa algún objeto que presenta trazos de haber sido realizado por manos conocedoras del oficio. Lo demás, como lo que había. Sin embargo, una artista que «ha enfilado el sarcasmo contra una enorme variedad de ídolos intelectuales, institucionales e iconográficos», o que utiliza el «humor crítico para sacudir los estereotipos políticos de la historia social española», no tolera que ese humor también pueda afectar a su propia obra. Habría que preguntarle por qué las 'artísticas barbacoas', que sirvieron para asar costillas, no pudieron utilizarse, por iniciativa de un sarcástico ciudadano, como apagado recipiente de chorizos. Las resoluciones artísticas, como más de una vez se ha escrito por estas páginas, no dejan de ser meras fantasmagorías, carentes de calidad y de autenticidad; y las convicciones, un modo hipócrita de propalar lo falso.

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