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La Verdad. Sábado, 22 de Mayo de 2010.

La belleza erótica del retrato

'Retrato de una dama con flor', de Mariano Vargas.

PEDRO SOLER | Es preciso mantenerse un tanto embobado ante las fotografías que Mariano Vargas expone en galería La Aurora, por si con esta actitud se puede penetrar mejor en los interiores de toda su belleza. Son fotos de un autor que se reparte los valores como fotógrafo y como artista, y que considera que el desnudo femenino hay que enfocarlo desde la óptica de la naturalidad, porque es imposible ocultarlo; pero el campo erótico hay que buscarlo y encuadrarlo, porque no siempre la desnudez proclama la capacidad de erotismo que el cuerpo femenino contiene. O sea que este conjunto de fotografías son algo más, mucho más, que una pose y una toma. Habrá que elegir la belleza del rostro desde un principio, decisión que deberá ir acompañada, inexorablemente, de otros añadidos. De todo, en fin, surge ese cúmulo atractivo, que ahora desmuestra en la exposición denominada 'Soltanto Madonne'. 

Cuando se contempla una serie de obras de este calibre, y con un primor tan certeramente expresado, lo mejor es dejar que la mente se enroque en la visión, sin necesidad de darle salida. Es así como se puede reconocer la hermosura de un rostro y la atracción de unos senos, aunque no es preciso buscar erotismo malsonante. Habría que decir que estamos ante una recreación de lo clásico y ante un sonido con ecos neorrenacentista. Parece un propósito con el que se intenta emular determinados retratos que pudieron salir de los pinceles de un Rafael, de un Leonardo o de un Mantegna, autores en una época gloriosa, en la que el desnudo afloró como una aportación más cercana al mundo de la atracción, pero sin perder sus dotes de sensualidad.

Mariano Vargas no limita su trabajo a las meras formas y destapes femeninos, sino que a cada obra le proporciona una profundidad, como elemento imprescindible para mostrar unos recursos, que se conviertan en alegorías directas sobre determinadas cuestiones o en unos fondos que actúen como maneras distintas de encuadrar cada una de las figuras, que viven su ambiente, en una función de ofrenda, de tentación, de aventura, de reclamo…

Lo que más impresiona en un primer contacto visual es la fruición del conjunto; pero la figura femenina se presenta al espectador con una hermosura connatural. En los pechos desnudos -o a veces, el cuerpo- también parece nacer como ese modo expresivo de que la mujer retratada está desarrollando un juego, que, aunque pudiera parecer forzado, se enmarca en el contexto del conjunto. Quizá habrá quien piense que aún hubiese resultado más hermoso consentir que esa aparición del pecho se hubiese realizado de un modo más espontáneo, como puede contemplarse en no pocas de esas obras maestras que el Renacimiento nos legó.

La imaginación puede no tener límite para realizar un recorrido pletórico de sensaciones y de recuerdos; incluso con posibilidad de pensar que, ante estas obras, estamos ante imágenes de perfeccionismo erótico. Y si se quiere, también se pueden aplicar a este conjunto fotográfico todas las teorías que analizan la pintura a la hora de opinar sobre la presencia del color y de la luz. Porque en estas atrayentes fotos hay contrastes, que buscan el resalte de la figura y su entorno, en función del alborotador colorido en el que aparecen envueltos esos retratos. La claridad del entorno es otra constante. De un modo o de otro, los retratos eróticos de Mariano Vargas se nos muestran colmados de la más sugestiva atracción y belleza.

'El bello verano', de Soto Alcón 

Parece como si a Soto Alcón le gustase enfrentarse a lo despiadado. La exposición 'El bello verano', que presenta en Galería Chys es una sucesión de estampas inmersas en una situación de desamparo. Los cuadros son reflejo de soledad y de abandono, en los que las escenas nos descubren casi un desierto. Las escasas figuras aparecen recorriendo paisajes azotados por un sol agostador y por las que parecen ser rutas sin rumbo. Además, cada una de las obras es como un cúmulo de polvo amasado. Atosigante. Pero también puede ser el mejor modo de presentar los ardores veraniegos y la soledad que los calores del estío siembran durante su permanencia.

Es la primera impresión. Lo que sucede es que se desconoce lo que el propio pintor ha querido demostrar y que él describe como su particular belleza del verano. Dice así: «Amo su árida piel, sus caminos erizados de cardos, sus polvorientas sendas. Amo sus blancos cegadores, sus ocres africanos, sus azules imposibles». Estas palabras de Soto Alcón son la mejor demostración de cómo es el verano que él ha querido expresar con su cegadora luz.

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